José Carlos Martínez, director artístico de la CND: “De pequeño era ‘el rarito’, pero tan feliz bailando que me daba igual todo”.

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José Carlos Martínez sale a mi encuentro en la entrada de la sede de la Compañía Nacional de Danza. Es alto, muy alto. Camino de su despacho, material de atrezo, focos, cajas, bailarines y bailarinas en la sala de ensayo… Me cuenta que empezó a bailar con diez años, en Cartagena, se marchó a Francia a los 14 y a los 18 el mismísimo Rudolf Nureyev le invitó a formar parte del cuadro de baile del Ballet de la Ópera de París. Un antes y un después, “el momento más intenso de mi carrera”. A partir de ahí, premios, premios y más premios que son el orgullo de su madre. Felizmente, compruebo que los más de 30 años de éxitos internacionales no han hecho mella en su espontaneidad natural. Bailarín y coreógrafo, José Carlos, es desde 2011 director artístico de la Compañía Nacional de Danza. Tiene muy claro lo que quiere y va a por ello. De momento, Don Quijote, el primer ballet clásico completo de la compañía en 25 años, fue idea suya.

 

 

¡Has bailado por todo el mundo! ¿Cuál es tu mejor recuerdo?
Quizás el más importante para mí es cuando entré a formar parte del cuerpo de baile de la Ópera de París, ahí fue cuando me di cuenta de que esto iba en serio de verdad. A mí me gustaba bailar y me daba igual hacerlo en un sitio o en otro, me fui a Francia, donde estuve trabajando cuatro años, gané un concurso, pero realmente fue con la Ópera de París cuando tuve consciencia de que había empezado mi vida profesional. ¡¡Que yo vengo de Cartagena!!

 

De bailarín a coreógrafo, ¿cuándo te sentiste preparado para dar ese paso?
He trabajado con coreógrafos muy diferentes y, a veces, no estaba muy de acuerdo con sus indicaciones y pensaba que yo lo haría de otra manera, pero evidentemente, es el coreógrafo quien manda. Bailar en ballets dirigidos por otras personas empezó a crearme cierta frustración y llegó un momento en el que sentí que necesitaba contar todo lo que yo llevaba dentro. En 2002 me lancé a coreografiar. Me llenó enseguida porque me di cuenta de que las opciones artísticas crecen, participas en la evolución de los artistas y contribuyes a crear cosas. Siempre intento dejar un margen de improvisación y les pido a los los artistas me cuenten sus ideas, establecemos un diálogo y decidimos. Pienso que, como creador, hay que escuchar las ideas de los demás e incorporarlas si son buenas y pueden enriquecer el espectáculo.

 

¿Cómo se dirige una compañía de danza?
Es muy complicado porque hay que hacer muchas cosas al mismo tiempo. Hay que estar en el estudio trabajando la parte artística, que todo fluya, pero también hay un trabajo administrativo de dirección de compañía. Confieso que para este último no estaba preparado, y aprendí cometiendo errores. Por supuesto, hay un equipo fantástico detrás. Para mí, la gestión del cuerpo de baile es lo más difícil porque tienes que ser un poco psicólogo a la hora de dirigir una compañía. La manera de tratarlos es clave si quiero que se sientan partícipes del proyecto que tengo en mente.

 

Los chicos carecen de figuras de referencia en el ballet, no porque no las haya, sino porque nadie se las muestra como tales. Cuando yo empecé era el único niño entre las niñas, pero era tan feliz bailando que me daba igual todo. ¡Un poco como a Billy Eliot! Pero reconozco que yo era ‘el rarito’.

 

Lo más difícil es…
Además de la gestión administrativa, lo más difícil es programar las temporadas sin tener una sede donde representar nuestros espectáculos. Somos una compañía itinerante. Tenemos sede para ensayar, claro, pero yo no puedo diseñar una temporada como hace, por ejemplo, el Teatro de la Zarzuela, o el Maestranza… Es difícil tener una temporada fija y fidelizar a nuestro público porque una vez bailamos en el Real, otras en Maestranza, otras en Canal o vamos de gira por China… Cada coreógrafo tiene su agenda y yo tengo que buscar una fecha de estreno para que vengan a hacer sus coreografías, pero si no tengo esa fecha de estreno es casi imposible contar con ellos. Cada espectáculo es para nosotros una gira, cada interlocutor es diferente y hay que volver a hablar con cada uno de ellos sobre las condiciones, las dimensiones del teatro, etc. Nuestras escenografías tienen que cumplir muchos requisitos: que se adapten a espacios diferentes, que no pesen mucho, que se puedan poner y quitar rápidamente. Si lo piensas bien, ¡somos como los del circo!

 

Y lo más gratificante…
Ha habido siempre nuevas metas, pero una de ellas ha sido y es Don Quijote, porque ha sido el primer ballet clásico completo desde hace 25 años. Para llegar a eso ha habido que superar etapas, por ejemplo, las bailarinas no se ponían las zapatillas para bailar en puntas desde hacía siete años porque con Nacho (Duato) hacían sobre todo contemporánea… Se fue avanzado cada año hasta llegar a Don Quijote en 2015. Es muy gratificante ver la evolución de la compañía, llegar a tener un ballet que puede bailar clásico y contemporáneo, haber abierto el abanico de posibilidades de la compañía.

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Danza española para Don Quijote se estrenó en 2015 y se ganó el aplauso del público y la crítica, ¿a qué crees que se debe su éxito?
Yo creo que han influido varios factores, uno de los más importantes era esa expectación por ver el primer ballet clásico completo desde hacía 25 años. La versión original de Don Quijote es un ballet ya de por sí muy divertido y yo quise traerlo un poco más a nuestra cultura para que fuera más auténtica. En nuestra versión, las partes de folklore lo son de verdad, no para ‘turistas’ como en la original rusa. Para eso llamé a Mayte Chico, de la compañía de Antonio Gades, y ella coreografió estas partes. No quería repetir lo mismo que hizo Petipa. Además, yo quería que fuera más dinámico aún y le di un toque cinematográfico, es decir, que cada bailarín del cuerpo de baile tiene su propio personaje que tiene que interpretar a lo largo de la obra, siempre están pasando cosas.

 

Ha habido siempre nuevas metas, pero una de ellas ha sido y es Don Quijote, porque ha sido el primer ballet clásico completo desde hace 25 años. Para llegar a eso ha habido que superar etapas, por ejemplo, las bailarinas no se ponían las zapatillas para bailar en puntas desde hacía siete años porque con Nacho (Duato) hacían sobre todo contemporánea…

 

O sea que es como un teatro bailado…
Sí, totalmente.

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Don Quijote está en el imaginario de todos los españoles y extranjeros, ¿cómo has conseguido que todo el que lo ve sienta que no defrauda esa idea en su cabeza?
Yo he querido darle más importancia al rol de Don Quijote, porque en la versión rusa es como un viejecillo un tanto cómico, casi ridículo, que no para de caerse… El nuestro tiene un toque romántico, en busca del amor ideal, hemos evitado que sea sólo un personaje de pantomima. En la versión rusa, tanto Quijote como Sancho, sólo son anecdóticos, una excusa para que los bailarines hagan sus proezas técnicas, y en la nuestra están integrados en la acción. He querido mostrar esa parte soñadora, como si estuviera leyendo un libro… esa imagen poética que sueña con su amor ideal.

 

El ballet suele ser menos minoritario que la ópera, ¿por qué crees que es así?
Yo creo que la gente piensa que la ópera es elitista, y por eso no van a verla. Y como no van a verla no descubren su encanto… Lo mismo pasa con el ballet, aunque es verdad que la danza contemporánea ha abierto muchas puertas.

 

Cada espectáculo es para nosotros una gira, cada interlocutor es diferente y hay que volver a hablar con cada uno de ellos sobre las condiciones, las dimensiones del teatro, etc. Nuestras escenografías tienen que cumplir muchos requisitos: que se adapten a espacios diferentes, que no pesen mucho, que se puedan poner y quitar rápidamente. Si lo piensas bien, ¡somos como los del circo!

 

Pienso en Billy Elliot, y te imagino a ti en clase de ballet en Cartagena… ¿Alguna vez te has sentido discriminado?
Afortunadamente, las cosas han evolucionado mucho, pero es verdad que en ciudades más pequeñas, quizás pueda existir algo así. Lo que pasa es que los chicos carecen de figuras de referencia en el ballet, no porque no las haya, sino porque nadie se las muestra como tales. Cuando yo empecé era el único niño entre las niñas, pero era tan feliz bailando que me daba igual todo. ¡Un poco como a Billy Eliot! Pero reconozco que yo era ‘el rarito’.

 

¿Y cómo conseguimos esas referencias?
Pues con más danza y conociendo a la gente que baila. ¿Cuánto espacio se le dedica al ballet en los medios de comunicación? ¿Cuánto al fútbol o a otro deporte mayoritario?

 

¿Alguna idea para hacer llegar el ballet, la danza, a los niños?
Debería estar integrado desde la escuela, igual que hay alguna iniciación a la música o la plástica, pues también a la danza. Porque no se puede amar lo que no se conoce. Nosotros hemos intentado abrir las puertas de la compañía, para que vengan a ver ensayos, ideamos espectáculos interactivos, hemos puesto en marcha algunas iniciativas, como Aprendanza, dirigidas a los profesores de Educación Primaria y Secundaria.

 

¿El ballet duele? ¿Dirías que aprender ballet es más duro que jugar al fútbol o a cualquier otro deporte de masas?
Bueno, se trabaja el cuerpo con objetivos diferentes. La carrera de un bailarín es mucho más extensa que la de un deportista, pues puede bailar desde los 17 y hasta los 40 o 45 años. Tenemos que aprender a vivir con las lesiones toda nuestra vida profesional. Otra cosa importante es que el ballet clásico es, digamos, antinatural, tenemos que forzar al cuerpo a ‘deformarse’ de una manera muy estética. Hay que conocer el cuerpo para llegar lo más lejos posible sin hacerse daño.

 

¿Qué hay de verdad en películas sobre el mundo del ballet como El cisne negro?
El cisne negro es la visión de un director de cine sobre el ballet, pero en realidad no es así del todo. Y digo del todo porque, cuando la vi en mi casa, sentado en el sofá con la pierna en alto, con hielo sobre la rodilla y el tobillo porque tenía que bailar dos días después, empecé a pensar que algo de verdad sí que hay: la protagonista alcanza casi la perfección en la última escena, en la que muere, y sin llegar a ese extremo obsesivo, los bailarines llevamos al cuerpo hasta límites insospechados para, como dice ella, “alcanzar la perfección”. Y en cuanto a la competitividad insana que hay en la película, no es real, la competitividad existe, claro, pero compites contra ti mismo, no contra tu compañera/o.

 

¿Qué te deparará 2018?
Tenemos mucha actividad en la compañía, muchas giras y mucho trabajo por delante para estrenar Cascanueces en octubre /noviembre. Y ahora con más presión porque sentamos un gran precedente con Don Quijote y no podemos permitirnos bajar el listón.

 

¿Algún sueño sin cumplir que quieras hacer realidad?
Que tengamos un teatro para la compañía. ¡Mi vida cambiaría totalmente! (se ríe). Es una necesidad que viene de años, que ya pusieron sobre la mesa otros directores artísticos, y me consta que está en la voluntad de instituciones y equipo trabajar en pos de ello.

Por Montaña Vázquez

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